Posteado por: alcubillas | enero 12, 2009

Los monologos de Alsina – 08/01/09

Quiero empezar esta recopilacion de monologos introductorios (creo que se dice asi) con los que Carlos Alsina abre diariamente su programa La Brujula en Onda Cero, y es que este señor me parece un genio de la palabra.

Tratare de poner los monologos que se vayan emitiendo. Podeis echarle un vistazo al primero de ellos. Corresponde con la apertura de su programa del dia 08 de enero. No estais de acuerdo conmigo que son como musica para los oidos?

“Ducha de agua fría” para la industria del porno

Les voy a decir una cosa.

A Obama le está esperando Larry Flynt, el rey del porno en Estados Unidos. Su lema es: “si fabricar coches es importante para América, vender sexo también lo es”. No llega a aquello que se decía de la General Motors, “lo que es bueno para la General Motors es bueno para América”, pero por ahí le anda. Lo que es bueno para los productores de pornografía, también es bueno para América. Desde que el gobierno federal americano abrió el grifo de los planes rescate (el de los bancos primero, el de los coches, después), se esperaba que empezaran a ponerse en la cola los demás sectores económicos. Pero nadie pensó que la siguiente en pasar el cepillo fuera la industria del sexo. Que utiliza un lenguaje diferente al de la Ford y la Chrysler, obviamente, pero con el mismo objetivo: recibir subvenciones.

Los del porno, a la recesión le llaman “ducha de agua fría”. Como diciendo, ¿no? A reactivar el mercado se refieren como “reverdecer el apetito sexual”. A la caída de las ventas, “flacidez” en los balances. No especifican cuántos puestos de trabajo están en juego (las películas y las revistas no las hacen sólo los que inundan la pantalla con sus dotes interpretativas), pero sí avisan de que, si el personal sigue tan inapetente, van a tener que cerrar. Es una anécdota, si quieren, o un síntoma de hasta qué punto la crisis está cambiando los hábitos de consumo de los norteamericanos. Barack Obama, presidente electo y, a decir de Aznar, exotismo histórico, ha pronunciado esta tarde un discurso en la Universidad de Virgina de ésos que, aquí en España, y en otros tiempos, le hubiera merecido calificativos como alarmista o antipatriota. Ha sido lo que, en boca de Bush algunos llamarían “apocalíptico”, y en boca de Obama, “crudamente realista”.

Lo que ha dicho el líder demócrata es que habrá que tomar medidas drásticas ya porque, de otro modo, la recesión podría durar años. Y su mensaje más dramático ha sido éste: “o combatimos la crisis con todos los medios federales y de cada Estado, o el paro podría llegar a los dos dígitos”. Esto de los dos dígitos, en Estados Unidos, es como anunciar que se abren las puertas del infierno, porque vienen de un paro del cinco o el seis por ciento,  y están angustiados ahora mismo porque roza ya el siete. En España es otra historia, porque aquí los dos dígitos los recuperamos hace ya unos cuantos meses. La tasa de paro se sitúa ya por encima del 12 por 100, más o menos lo que estaba previsto por el gobierno, sobre el papel mojado en que hace sus cuentas Solbes, para el año que viene. Las demás instituciones de análisis, los servicios de estudios de los bancos, elevan esa previsión a un 15 o incluso un 17 por 100. Y el gobierno lo acabará haciendo también, porque está en plena fase de reescritura de sus propias cuentas.

El dato del día en España, que es el del paro de 2008, revela que la destrucción de empleo aumenta a una velocidad inquietante. Otros 140.000 parados más en diciembre, un millón más en el año, tres millones ciento veinte mil desempleados, hoy, apuntados al Servicio Público de Empleo, antes INEM. Novedad no es que suba el paro. Constatación de la hondura de la crisis del empleo en España, sí que lo es. Constatación dramática. A día de hoy, y sobre la mesa, el único plan (que merece tal nombre de creación de empleo) es el Fondo de Inversión Municipal que aprobó el gobierno y al que deben terminar de presentar sus proyectos los ayuntamientos a mediados de este mes. En el mejor de los escenarios (si el cálculo del gobierno, en esto, es correcto), se crearán entre doscientos y trescientos mil empleos temporales, la inmensa mayoría en el sector de la construcción.  Comparados los trescientos mil empleos que se calculan con el millón de desempleos que nos deja el 2008, no parece que el plan en cuestión sea, se mire como se mire, la panacea. Dices: por lo menos el gobierno hace algo. Cierto es. Pero aparte de hacer algo, debería ir pensando ya en hacer algo más. Porque en los ocho días que llevamos de enero, y de mantenerse la tendencia, hemos añadido a la lista cuarenta mil parados más.

Quienes gustan de equiparar la política del gobierno de aquí con las medidas que anuncia Barack Obama (que es verdad que, en su filosofía general son coincidentes) eluden premeditadamente dos interesantes cuestiones. Una, de contenido; y la otra, de discurso. Sobre el contenido: cuando Obama habla de gasto público, del dinero que el gobierno federal destinará a crear empleo, incluye el dinero que dejará de ingresar el Estado por el recorte de impuestos a las empresas. Un 6,6 % de los ochocientos mil millones de dólares que anuncia para estimular la creación de empleo es reducción de costes, de impuestos, para el sector privado. Y sobre el discurso, que aquí hay una diferencia esencial. Obama no espera a que nadie le pregunte qué contraindicaciones tiene el incremento del déficit público y del endeudamiento federal. Es él quien no sólo lo admite, sino que lo subraya en su discurso. Anuncia a los norteamericanos que se pueden alcanzar los dos billones de dólares de déficit público, y añade que ésa es una carga que van a llevar sobre sus hombros los contribuyentes, los de ahora y las próximas generaciones. El esfuerzo lo van a hacer los contribuyentes, porque el déficit es hipoteca para el futuro y porque el endeudamiento exterior (también lo explica abiertamente Obama) hará que Estados Unidos sea más dependiente de aquellos a los que acudirá a pedir prestado.

En España no hace falta que les diga que esta parte del discurso está missing en las declaraciones oficiales. Aquí el gobierno habla del décifit y la deuda pública como si no tuviera contraindicación alguna. Como si el dinero público para aliviar los bancos, para hacer obra municipal, para aumentar el  chorro que riega las comunidades autónomas, lloviera del cielo, o brotara por generación espontánea de eso que el presidente gusta de llamar “la fortaleza de nuestra economía”. Aquí el partido del gobierno se permite decir que no le importa que haya más deuda. Como si, una vez decidido que no hay otro camino posible, señalar sus contraindicaciones fuera irrelevante. Y no lo es. No al menos en una Nación, como la americana, donde los dirigentes tienen interiorizada su obligación de rendir cuentas del uso que le dan al dinero de los contribuyentes y de explicar el escenario que prevén no para mañana, o para pasado mañana, sino para las generaciones futuras. Como escribía recientemente en El País Enrique Gil Calvo, los Reyes Magos del décifit no son los padres, sino los hijos, dado que la carga de la deuda pública habrán de pagarlas las generaciones futuras. Como dice Obama, son nuestros hijos los que seguirán haciendo frente al coste de las medidas que ahora se están aprobando.

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